¿Y qué es lo tuyo en la vida?

Retomando la pregunta que me hizo mi querida amiga (que te compartí en el blog post anterior), y reflexionado con mayor profundidad sobre el tema, quiero escribir un poco sobre la vocación.

Creo que todos tenemos algo que de alguna forma nos llama.

Ya sea en sueños, mientras dormimos; o como cuando nos limpiamos las lagrimas al final de cierta película en el cine, tratando de disimular que una fibra interna, como la cuerda de un violín, vibró en la frecuencia más perfecta y audible para nosotros.

Puede ser durante una clase en la secundaria. Ese momento en que una voz dentro de nuestro cráneo resonó un -¡Ah ja!-, y quizá no se nos quedó sólo en la cabeza y, para sorpresa de todos alrededor, lo tuvimos que gritar.

Y, aunque este llamado puede habernos acompañado desde que tenemos memoria,  también puede llegar a ser fácil, pero muy fácil, de ignorar.

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Cuando a un niñ@ le hacen la típica pregunta “qué quieres ser de grande”, las respuestas más adorables rondan entre “bombero”, “maestra” o “astronauta”. Desde esa edad, en la que el mapa de nuestro cerebro a penas se está adaptando a la oferta del mundo, comenzamos a llenar nuestro morralito de expectativas y nociones ajenas sobre cuál será nuestro lugar él.  Cómo va ese niñ@ a saber que lo que más podría satisfacer sus días, y hacerlo trascender, es ser diseñador de aplicaciones, bloggera o couch de vida. No hay mucho en el camino de un niño que pueda ayudarlo a descubrir algo así.

Existen afortunados que lo tienen muy claro desde el principio. Aquel a quien lo pusieron a correr dando vueltas a la cancha en clase de educación física y ya nunca pudo parar; o a quien le tocó ayudar a sus compañeros que reprobaron el examen de matemáticas y se dio cuenta que podría estar enseñando todo el día. Y si este llamado aterriza en una forma tangible y socialmente aceptable de “ganarte el pan”, puede entenderse que tienes la vida resuelta… En apariencia al menos.

Yo recuerdo que quería ser paleontóloga, y uno de mis primeros encuentros con la realidad fue cuando, al compartírselo a mi papá, su respuesta inmediata fue: –De eso no hay trabajo en nuestro país-.

¿Se suponía que yo debía tener eso en cuenta?

Las ingenierías y licenciaturas administrativas se aceptan mucho mejor que las humanidades y algunas ciencias naturales, ante los ojos de muchos padres, familiares o tutores que parecen siempre tener alguna fuerte opinión respecto a una cuestión que debería ser profundamente personal.

Y cuando, tan joven, estás a penas comprendiendo qué pasa contigo mism@ y con tu relación con el mundo, es hora de decidir, nada más y nada menos, a qué quieres dedicar el resto de tus días.

-¡¿Cómo?! ¡Espérenme tantito! ¿Todos mis días..?

Pese al incidente con la paleontología, tuve la inmensa fortuna de contar con padres que me motivaron a experimentar. En casa había enciclopedias, películas documentales y a mis hermanas y a mi se nos leía por las noches. Faltamos a la escuela siempre que hubo algo mejor que hacer, como irnos de excursión a la Sierra o a visitar museos en la capital. Mi papá siempre decía: -Aprenderás más en este viaje que en la escuela-. Y estoy segura de que así fue.

Sin embargo, y sin intensión de generalizar, porque estoy segura que hay muchas bellas historias que contaran lo contrario, en cuestión de definir mi identidad y encontrar mi vocación, a mi la escuela no me ayudó en gran cosa. Siempre me dieron más esas excursiones con papá, o las clases extracurriculares de guitarra.

Me parece inaudito que, al menos en mi caso, la materia de orientación vocacional haya aparecido en el programa de estudios hasta los últimos semestres de preparatoria. Y, por supuesto, no recuerdo prácticamente naaaaaada de la clase… Vagamente viene a mi mente que llamábamos “La Tía Rosa” a la profesora porque su cabello corto y levantado le hacia tener una silueta parecida a la de la alegre tía que figura en las envolturas de cuernitos de pan dulce… Pero en el cabello se acababa el parecido. Era una mujer de un genio terrible y, si bien no recuerdo nada de la asignatura, sí que recuerdo la amargura que de ella emanaba.

¿Cómo una mujer que estaba claramente insatisfecha con los resultados de su vida, o al menos, una mujer incapaz de transmitir satisfacción, en caso de haberla, podía estar impartiendo esa clase?

¿Cómo es que al sistema educativo se le ocurre asignar tal materia tan al final del trayecto? Cuando la mayoría de los chicos están por decidir la carrera que estudiarán, mandando ya solicitudes y hasta aplicando exámenes quizá.

Esa es la estrategia para intentar salvar un bote sin remos en plena tormenta… No para enseñar a construir un bote fuerte que pueda cruzar el océano y, sobre todo, cómo remarlo.

Gracias a la labor de mis padres, al menos estaba consiente de mi inquietud creativa y artística. La música fue sumamente importante para mi en ese tiempo. En el último año de preparatoria tomé la primera decisión “adulta” de mi vida y dejé el sistema escolarizado para terminar las materias que me faltaban en la prepa abierta y dedicarme de lleno a cantar.

Pero para esas alturas, y a pesar del apoyo incondicional de mi mamá al respecto, la idea de que “como artista morirás de hambre”, ya estaba demasiado extendida sobre mi panorama. En mi entendimiento entonces sobre lo que debía hacer para asegurarme un futuro, consideré estudiar alguna carrera con tal de tener “el papelito”. Y no sólo me presionaba la idea de estudiar por mi futuro, el hecho de que mis padres fueran reconocidos maestros universitarios y mis tíos queridos directores normalistas, agregaba cierta carga de piedras a mi morral. Era fácil toparme con alguien que al conocer mis apellidos preguntara: -¿Entonces tú eres sobrina de tal...?-.

O algo tan molesto como: -¿Entonces tú vas a ser tan estudiosa como tu mamá?.

-¡¡No lo sé, diablos, NO LO SÉ!!

Nunca, hasta la fecha, he podido decidirme por una carrera. De hecho, con forme los años pasan, cada vez parece una idea menos viable. Me encanta investigar, leer, aprender, pero nunca me he topado con un plan de estudios que me entusiasme. Demasiado autodidacta para mal, me dijo mi papá hace poco…

Tenía que hacer algo entonces. Odiaba el trabajo de oficina que tenía y, si no aspiraba a un título, más me valía tener algo de lo cual poder sentirme orgullosa. Algo para contestar cuando me preguntaran que qué había estudiado.

- A mira, no estudié, pero tengo un negocio propio.

Eso ya no suena tan mal, ¿no?

Foto por Gloria Soto

Foto por Gloria Soto

Lo triste y preocupante es que, para cuando llegué a esa conclusión, hacía mucho que lo que yo verdaderamente pudiera querer había pasado a segundo termino. Todas la decisiones en esos últimos tiempos, aunque de manera muy inconsciente, las había tomado con base a lo que se esperaba de mí. A lo que yo creía que se esperaba de mí…

Y esas creencias, sumadas a que debía pagar mis gastos y despensa, dejaron muy por de lado lo que yo pudiera querer… Ni si quiera me lo pregunté. La vida fue pasando y yo sólo me dejé llevar.

Ahora sé que tener un negocio es algo que verdaderamente quiero, pero me ha tomado algunos años descifrar el por qué, en qué, y sobre todo el YO QUÉ en toda esta historia.

Este artículo ya se hizo demasiado largo… Te espero en el siguiente, para seguir sobre el tema.

Mientras, cuéntame en los comentarios o escribiendo a contacto@alezenteno.com, si también has tenido la sensación de que la vida va pasando sin que tú estés teniendo tanta parte en las decisiones como quisieras.


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