Todo comenzó con la franca pregunta de una querida amiga...

Algo así como:

-Ale, ¿Y qué es lo tuyo en la vida?-

No estoy segura de si la formuló así (quien me conoce sabe que tengo mala memoria), pero esa era la idea…

Todo comenzó con la franca pregunta de una querida amiga ALE ZENTENO BLOG.jpg

Meses atrás, en una sesión de coaching, me habían ayudado a llegar al acuerdo de que yo era una especie de proveedora de energía. Qué por mi trabajo administrando la concesión de la cafetería universitaria, mi contribución a la comunidad se generaba a través de brindar alimento, y por ello energía, a los estudiantes durante su jornada.

Aunque esa fuera una misión de vida totalmente loable, la verdad es que la conclusión me hizo sentir brutalmente vacía... Me sentí tremendamente insatisfecha. Sin embargo, hay momentos para lidiar con cada cosa, y aquel entonces no era mío para encarar esos sentimientos. Por salud mental, asumí que esa era "mi gran misión" y di carpetazo al asunto poniendo una sonrisa. 

Fue hasta esa tarde que Gloria, mientras calentaba el agua para compartir el té conmigo, como es tradición, trajo esa incómoda insatisfacción de vuelta a la mesa acompañada de un par de tazas y algunas hierbas. Esta vez, me tuve que beber la insatisfacción con la tisana, y por mucho que me propuse volver a ignorarla, resbaló amarga y punzante por mi garganta. 

Intenté marear a mi amiga -y marearme a mí misma- con el cuento de la "proveedora de energía", pero ella, haciendo gala de esa franqueza que tanto le admiro por incomoda que pueda llegar a ser, me contestó tajante:- ¡Ay no, Ale, esa no eres tú!-. ¿Qué le decía? Tenía toda la razón y yo lo sabía.

La plática seguramente se desvió a infinitos temas y chismes, como de costumbre, pero la pregunta ya no me abandonó. 

Fotografía cortesía de Gloria Soto

Fotografía cortesía de Gloria Soto

Si no tienes una razón fuerte para hacer las cosas, muy seguramente tampoco tendrás la fuerza. Cuando más adelante, una situación con la cafetería se complicó, (nuevamente, porque tener un negocio propio será siempre como un paseo permanente en montaña rusa) sentí como si hubiera caído en un hoyo oscuro y profundo. Como si estuviera atrapada en el fondo de un pozo, mirando como arriba, muy lejos, transcurría un día azul y yo, sin cubetita que bajara y luego me ayudara a subir, no podía participar del día soleado. Por algo esa metáfora es lugar común de quien describe sentirse atrapado, ¡así se siente! Volverme consciente de mis pocas ganas de seguir haciendo lo que hacía, me privó de cualquier resto de empuje que antes me hubiera ayudado a superar los problemas. Pero bien dicen que el primer paso de la cura a toda dolencia es aceptar que la padeces.


Hace unas semanas tomé el quiz de Gretchen Rubin, autora del bestseller “The Happiness Project” (www.gretchenrubin.com), sobre las cuatro tendencias que existen entre los seres humanos ante las expectativas. En su último libro "Mejor que nunca" profundiza al respecto, pero en poquísimas palabras, trata de lo siguiente: 

Los rebeldes

Se resisten a las expectativas, tanto internas como externas. Les será imposible responder a una expectativa, aunque ésta haya sido establecida por sí mismos, si se siente como una obligación.

los defensores

Responden bien a las expectativas tanto externas como internas, aunque pueden terminar obsesionándose con la perfección del cumplimiento de estas. 

Los interrogadores

Son mejores respondiendo a las expectativas internas que a las externas, y su talón de Aquiles los traiciona cuando, de tanto querer responder sus propias preguntas, no toman ninguna decisión. 

Por último, está la categoría en la que entro yo:

los complacientes.

Gretchen dice que todos recaen en los complacientes como apoyo, pues somos mejores satisfaciendo expectativas del exterior que las internas. Podemos ser el amigo incondicional, el empleado del mes, el hombro para llorar... Pero...pero...de cuando en cuando llegamos al límite y explotamos, y queremos mandarlo todo a la goma y renunciamos de buenas a primeras al trabajo, a la pareja, a un proyecto... 


Me sentí muy identificada cuando leí mi descripción porque tal cual fue la desesperación que se apoderó de mí entonces -y no era la primera vez que me pasaba-.  Cada fluido en mi ser corría a altas temperaturas, ir a trabajar me ponía de malas, a cada 5 minutos tenía la intención de aventar el maneral de la cafetera de expreso, quitarme el mandil y la red de salubridad que me recogía el cabello y salir corriendo del lugar. Había llegado a mi límite y en cualquier momento iba a estallar de la peor forma posible dejando mi negrura esparcida y escurriendo pegajosa por las latas de chai y los vasitos de cartón, o pero aún, por la cara de los que me rodeaban.

Sabía que enfrentar mi insatisfacción sería así de desastroso y por eso no había querido hacerlo antes. 

Fue tremendamente difícil para mí aceptar que aquello en lo que había estado trabajando durante más de 6 años debía llegar a su fin. Había gente que contaba conmigo, gente muy querida se iba a sentir decepcionada, me iba a quedar sin fuente de ingresos alguna y la incertidumbre que queda una vez que aceptas que has errado el camino, es profunda.

Lo más devastador fue el gran sentimiento de fracaso que cayó en mi como cubetada de agua helada. Los 6 años transcurridos me habían succionado una enorme cantidad de tiempo y dinero, habían acabado con mi relación de pareja y me habían alejado de mi arte, todo… ¿Para nada? Durante ese primer periodo fue prácticamente imposible ver que nada de eso era “fracaso”, que todo era y sigue siendo aprendizaje, que ahora tengo la piel más gruesa y probablemente más escamosa, tengo un mayor entendimiento de los negocios y también había conocido gente preciosa durante este tiempo, entre ellos la misma Gloria y mi nuevo amor. Sumida en el resentimiento, me costó ver que había ganado, por sobre muchas cosas, una valiosísima lección: no volvería a cometer el mismo error. No volvería a trabajar de la manera en que lo había hecho sin antes tener un objetivo claro… Eso era lo que me tocaba resolver ahora, no el siguiente paso inmediato, si no el lugar al que quería llegar, sin ello, volvería a caminar sin ton ni son y todo se repetiría. Tenía que descífralo de adelante hacia atrás.

Yo no le recomendaría a nadie mandar todo al carajo de buenas a primeras. En este caso de mi no dependían hijos que alimentar, pero sí una fuerte suma de adeudos de tarjetas de crédito. Sin embargo, mi naturaleza me impidió tomar una decisión más cuerda. 

Lo dejé todo para girar el timón y apuntar mi embarcación hacia un nuevo puerto y como no sabía hacia dónde ir, me quedé flotando a mitad del mar algunos meses, leyendo, buscando, aprendiendo, imaginando, reencontrando... Había dado el primer paso a una nueva vida y el mapa de posibilidades me emocionaba tanto como me atemorizaba.  Todo era posible ahora, sólo tenía que decidirme.


¿Te ha sucedido? ¿Haz llegado en algún punto de tu vida a la conclusión de que estuviste poniendo todo tu esfuerzo en el lugar equivocado… en el proyecto equivocado… en la persona equivocada? ¿Qué hiciste? ¿Cómo te sentiste?

No dudes compartir tu historia en los comentarios, me encantará leer cómo fue para ti.

Lee la segunda parte de este post.


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¡Hola, soy Ale!

Estratega de negocios en línea y diseñadora web en Squarespace. 

Soy viajera de corazón, campeona de maratones en Netflix y, para el sushi, siempre tengo un "huequito".

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